viernes 25 de abril de 2008

Barrios mestizos: Lavapiés






Barrios mestizos: Lavapiés


Por;Tesa Vigal


Terreno montañoso sobre el que surgieron las calles estrechas, irregulares y de empinadas cuestas, de este barrio madrileño de más de 500 años de antigüedad, y que sigue siendo fiel a sus orígenes. Sobre la sinagoga del barrio se construyó, tras la expulsión de los judíos en el siglo XV, la iglesia de San Lorenzo, patrón de las fiestas veraniegas del barrio. En las viejas calles moriscas se cambiaron sus nombres por otros cristianizados (calle Ave María, de la Fe, etc.). La judería medieval acoge hoy a la mezcla más fascinante de razas de toda la ciudad, que salta a la vista nada más salir de la boca del metro en la plaza de Lava pies, rodeada de acentos árabes, chinos, rusos, sudamericanos, rumanos, africanos... Se está convirtiendo en el barrio más sugerente de Madrid, semejante a la Alejandría de los años 30 inmortalizada por Durrell en su novela . Recorrer ahora sus calles, sobre todo si se ha nacido allí, es constatar el crecimiento imparable de todo lo que antes era sólo potencial. Movimiento en ebullición, desarrollo de sus corrientes vitales casi invisibles cuando yo era niña en los años 60. Cuando su vida subsistía cubierta por la nube recelosa y espesa del aplastante silencio gris, del forzoso aire franquista de aquellos tiempos.














Ahora, como si de manera instintiva los extranjeros y los marginales supieran que Lavapiés era su territorio natural, sus calles rebosan de pletórica y sugerente variedad. Comercios con nombres tan exóticos como “Horus”, tiendas de alimentación peruanas o marroquíes, salones de té árabes, peluquerías africanas, frutos secos chinos... Esta última comunidad ha celebrado por primera vez en sus calles el año nuevo (2001).
Entre los viejos vecinos del barrio los hay nostálgicos, alucinados, socarrones, intransigentes, o solidarios. Como siempre. Y su vieja costumbre de sacar las sillas a la calle para tomar el fresco en las sofocantes noches de verano, es comprendida y seguida por las mismas costumbres sureñas de los inmigrantes, y las terrazas multirraciales de la calle Argumosa. Calles vacías, o calles llenas de gente. Ese detalle es uno de los que más dicen de una ciudad, o de un barrio. Las calles del barrio de Salamanca están vacías por la noche. Las animadas calles de Lavapiés son un lúdico y cálido remolino. Calles con nombres legendarios de historias difuminadas por los siglos: calle de la Primavera (donde en la edad media se instalaba el árbol florido de la cruz de Mayo), de la Cabeza, del Olmo, del Amparo, del Espino, de la Torrecilla del Leal, de Tres Peces, Mesón de Paredes...
Últimamente han aparecido en la prensa noticias sobre la supuesta peligrosidad del barrio. Como testigo, tengo que decir que eso es falso. Se trata de hechos puntuales sacados de quicio. Porque hasta las actividades fuera de la ley, tienen allí un curioso matiz ‘ordenado’, un aire natural que está presente hasta en los hechos violentos que también suceden, como en cualquier parte. Lo que predomina en el barrio y a cualquier nivel es la fusión de viejos faroles, dragones de papel, okupas, bohemios de vocación, artistas, salas de teatro alternativo, corralas centenarias, antiguas bodegas, ultramarinos reconvertidos en locales interactivos con bar, espacio de lectura, escenarios poéticos, mercadillos y exposiciones, payos y gitanos, pobres y ricos con amor al barrio.

Lo que necesita arreglo es la existencia de numerosas casas vacías, por dueños que las abandonan sin alquilar esperando que se caigan de viejas para especular con el terreno. Y mucho, mucho diálogo entre todas sus comunidades, para que el principal barrio mestizo de Madrid no se malogre por malentendidos, ni intolerancias de ningún tipo. Ahora, cuando los primeros hijos de inmigrantes crecen en sus calles, es fundamental que la fusión reine en el barrio. Así lo esperamos. (Tesa Vigal)

lunes 18 de febrero de 2008

Homenaje a Victoria







Victoria es esa señora con el pelo gris, muy flaquita, que se ve en el video documental "A ras del suelo".
Sus frases inolvidables, su setido de humor, sus pasitos llenos de gracia por las calles del barrio...
Era pura vida toda ella, "era", porque hace unos días falleció en su casa de Lavapiés a los 94 años.
Pero sigue viva, en las imágenes que tuvimos la suerte de captar a lo largo de años de grabación de nuestra película.
Aquí os dejamos un pequeño homenaje a esta gran mujer, compuesto por algunos de los mejores momentos del documental, porque la queríamos tener muy cerquita, muy cerquita...




jueves 17 de enero de 2008

calles del barrio:La Cabeza

La Cabeza


Comienza en la calle de Jesus y Maria y termina en la del Ave Maria


Se conservan antecedentes de construcciones particulares desde 1674. En el número 16 estuvo la cárcel eclesiástica o de la Corona.



La leyenda



Vivía en esta calle un sacerdote que poseía una regular fortuna, y que fue robado y asesinado por un criado, con tal encarnizamiento, que hubo de separarle la cabeza del tronco; y aquí comienza el hilo de la etimología.


Pasaron años, volvió a Madrid el infame servidor, transformado en caballero, y paseándose una mañana por el Rastro. Dióle la humorada de comprar una cabeza de carnero que, escondida debajo de la capa, pensaba llevarse a su vivienda, bien ajeno del papel que aquella compra iba a desempeñar momentos después.

Marchaba el hombre tranquilo, cuando un alguacil, habiendo advertido un rastro de sangre que nuestro protagonista dejaba detrás de sí, se le acercó preguntándole la causa, a lo que el interpelado respondió presentando la cabeza de carnero.

Pero ¡cuál fue su asombro al encontrarse que esta se había convertido en la del sacerdote asesinado. El criado, según se acostumbra en este género de leyendas, confesó su crimen, y se arrepintió, aunque algo tarde, porque los alcaldes de Casa y Corte le condenaron a muerte y la sufrió en la Plaza Mayor, siendo enterrado en el atrio de la parroquia de San Miguel de los Octoes.Felipe III mandó poner una cabeza de piedra en la fachada de la casa, como recuerdo de tan extraños suceso.
Sobre asunto parecido publicó una relación en 1767 D. Domingo María Ripio, colocando la acción en la calle de la Cruz, y casa que llaman de la Cabeza, que, al decir de Madoz corresponde al número 3 moderno.





















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El misterio de la calle de la Cabeza
POR MABEL AMADO

MADRID. Todavía hoy su desarrollo urbano acoge en pie alguna corrala del siglo XVII, pero su denominación como calle de la Cabeza data de cien años antes. En esta ocasión, sin embargo, el paso del tiempo no ha logrado cambiar su placa del callejero ni borrar un despiadado crimen que pervive junto a la memoria.
Remontémonos a los primeros años del siglo XVII, con la Corte de nuevo establecida en Madrid tras su corto paso por Valladolid. Cerca de la plaza de Cascorro, el primitivo Rastro madrileño ya bullía de animación y trasiego, sobre todo de reses camino del matadero y de las tenerías cercanas donde se preparaban las pieles antes de curtir.
Por este lugar, cercano a la Ribera de Curtidores, paseaba un día un aparente caballero. Al pasar ante un puesto de despojos, se le antojó una cabeza de carnero para cenar, vianda muy arraigada en el pueblo llano pero poco indicada para quien se hacía pasar por hombre de linaje. La vendedora envolvió el artículo y el comprador, muy ufano, siguió su camino con la cabeza de animal bajo su capa.
Reguero de sangre
Cuando apenas había caminado unos metros, una pareja de «corchetes» -agentes de la ley en aquella época- le dio el alto. Conminado por la autoridad y asustado, miró a su alrededor y observó el reguero de sangre que dejaba su peculiar paquete.
En este punto comienza la leyenda que ha traspasado la memoria popular. Cuenta la tradición que al abrirse la capa y deshacer el lazo del hatillo para tranquilizar a la autoridad, la cabeza de carnero se había convertido en humana. Ante la sorpresa, el supuesto caballero volvió a repetir su versión hasta que se rindió ante la evidencia y confesó un horrendo crimen.
Así lo relató. Años antes, este asesino entró a trabajar como ayudante del clérigo Don Gil, un sacerdote adinerado que hasta entonces vivía sólo con su ama de llaves. Esa desahogada posición volvió avaricioso al rufián, quien sólo soñaba con un supuesto tesoro escondido en la vivienda del religioso. Por ello, un día, tras una pequeña discusión, decapitó al cura. Huyó entonces con todos los objetos de valor y los escudos de oro que encontró y buscó refugio en la vecina Portugal, en concreto, en Lisboa.
En el país luso logró reunir una pequeña fortuna y con el paso del tiempo decidió volver a España convertido en supuesto caballero. Pero una vez más, la justicia devolvió a cada uno al lugar que se merecía.
Cuenta la leyenda que los policías, tras la horrenda visión de la cabeza del sacerdote, le detuvieron y tras un corto proceso fue condenado a muerte. La sentencia -a la horca- se hizo efectiva días después en la Plaza Mayor.
Orden real
El amplio calado que tuvo este hecho luctuoso en la sociedad madrileña del momento vino marcado por una orden real. Felipe III, tras conocer todos los promenores del suceso, mandó colocar una cabeza de carnero de piedra en la fachada de la casa del sacerdote. Desde entonces, la calle tomó esa denominación.
Continúa la leyenda recordando que tras este hecho, los ciudadanos no querían parar por esta zona y los vendedores de carne de este animal se tuvieron que trasladar a la actual calle del Carnero, entre la Ribera de Curtidores y la calle de Arganzuela, en un intento por olvidar la tragedia.
También recuerdan que tras ejecutar al maléfico sirviente, la cabeza del sacerdote volvió a convertirse en la de un animal...
Dicen que, tarde o temprano, todo asesino termina pagando su crimen. ¿Justicia divina o justicia terrenal? Saquen sus conclusiones leyendo esta historia que, según crónicas antiguas, ocurrió en tiempos de Felipe III...

jueves 3 de enero de 2008

Cuento de Navidad

Cuento de Navidad


Noche navideña. En las afueras de Madrid, en una de esas espléndidas casas que en los periódicos siempre llaman «mansiones», fiesta de alto copete.

Los anfitriones lucen regios, como los multimillonarios de las telenovelas.

En los salones se nota la mano experta de un decorador elegantemente desenfrenado.

El servicio es discreto e intachable, y además se ve a las claras que es el servicio,

no como en esas otras fiestas en las que se confunde a los invitados con los camareros,

por Dios. El catering, sensacional. Los invitados son de postín, cada uno en lo suyo: empresarios triunfales, políticos en el candelero, busconas carísimas, aristócratas resplandecientes, periodistas, escritores y artistas de relumbrón... Alguien dice:

«Creo que viene un indultado parcial, qué emocionante». Otro, sarcástico, apunta:

«A lo mejor prefiere pasar la noche con los okupas de Lavapiés». En Lavapiés,

en un enorme edificio abandonado en 1996 y pacíficamente habitado ahora por okupas, empiezan a apagarse las luces.


Afuera hace un frío navideño a más no poder. En una furgoneta blindada, aparcada en lugar discreto, el hombre uniformado de mayor graduación les dice al resto de los hombres uniformados: «Vamos a desalojar cuando todos estén dormidos».


En el edificio de Lavapiés habitado por los okupas el sueño va empapando poco a poco los cuerpos abrazados, los carteles con textos de Proudhon y de Marx, la destartalada pero palpitante sala de cine, los talleres de mecánica y electrónica, la habitación de los

ordenadores, la cocina comunal, las estanterías repletas de libros, los equipos de

música... Todo va quedándose profundamente dormido. La noche crece. Cerca del alba,

en la mansión de las afueras, una jaca despampanante cae redonda encima de un Premio Nacional de Algo. Es la última. Los demás invitados están ya derrumbados por los salones.

El servicio se ha ido. No se mueve un alma.


En la furgoneta blindada, el hombre uniformado de mayor graduación dice: «¡Ahora!».
Los hombres uniformados saltan la tapia, desconectan las alarmas, entran en la mansión, despiertan a los anfitriones y a los invitados aturdidos, los desalojan. «Vamos a hacer aquí

un parque para el pueblo», dicen.



En Lavapiés, los okupas siguen durmiendo tan a gusto.


Esto es un cuento de Navidad.



EDUARDO MENDICUTTI

viernes 14 de diciembre de 2007

La Naranjera del Avapies






























La Naranjera del Avapiés

Lola, una joven de origen humilde, nace en el madrileño barrio del Avapiés (hoy Lavapiés, tan colorista, tan multiétnico y a la vez tan castizo), allá por el siglo XIX, cuando los pobres lo eran de solemnidad.
El destino, las circunstancias, la llevan a codearse con los personajes más variopintos del Madrid de la época, desde Luis Candelas, el bandolero más temido y admirado de Madrid, a la flor y nata de las letras españolas, especialmente con Mariano José de Larra, pasando por el rey más déspota y veleidoso que ha conocido la monarquía española en la edad moderna: Fernando VII.

Con todos ellos mantendrá una relación controvertida que la conducirá hacia la catástrofe y la pasión, al amor y también al odio, al tener, por ejemplo, que convertirse en la amante del rey al ser por él chantajeada.
Como telón de fondo una sociedad corrupta, en la que las guerras civiles por alcanzar el poder y la injusticia social no dejan lugar más que para la lucha por la supervivencia.

Lola, la vendedora de naranjas, es una flor en el estiércol que nos asombra por la blancura de su alma en medio de tanta inmundicia.


Mª. Luisa de la Puerta
ISBN: 9788496470712
Ediciones La libreria

jueves 29 de noviembre de 2007

¿LAVAPIÉS ES A MADRID LO QUE LA TIMBA ES A LA HABANA?

Historia de tres ciudades



¿LAVAPIÉS ES A MADRID LO QUE LA TIMBA ES A LA HABANA?



(¿Y San Telmo a Buenos Aires?)



Mejor y más original que las guías turísticas, la literatura propone senderos íntimos, personales, para conocer una ciudad. Una reciente novela cubana traza un arco entre un popular barrio de La Habana y su equivalente exótico y bohemio en Madrid. Recorrer aquellas latitudes de la mano del artista depara una mirada que abarca una, dos, tres ciudades.

Tal vez más. La propia.



Jorge Pinedo Buenos Aires



«Cuando llegues a Madrid/

chulapa mía/

voy a hacerte emperatriz/

del Lavapiés/

y alfombrarte con claveles/

la Gran vía... ».



Así comenzaba una popular tonadilla que, hace casi un siglo, definía esos fuertes contrastes que en todas las grandes urbes contienen el espíritu de las barriadas.


Zona que fuera casi marginal y proletaria, Lavapiés parecía (hasta el fin del franquismo) oponerse a la ostentación burguesa de esa avenida opulenta que, al norte, lo observaba con desdén.

Hoy por hoy, Lavapiés se ha transformado en el barrio cosmopolita por antonomasia (el dramaturgo Tito Cossa lo asemeja a nuestro San Telmo), plagado de bares, restaurantes, estudios, talleres de artesanos y viviendas de jóvenes profesionales.



«Psicólogo argentino mostrándole el camino» (diría Joaquín Sabina), incluido. Del otro lado, la Gran Vía edición 2003 podría compararse con la porteña avenida Santa Fé, decadencia incluida (en razón de lo que fue).


Así, ese reflejo se traza dentro de una misma ciudad y las semejanzas se extienden a través de los continentes, se postulan a través del Océano, en el mismo hemisferio, en todas partes. Y estas descripciones, cuando provienen de la producción artística, suelen permanecer más que la más estricta crónica

(«En los mapas turísticos se ofrecen únicamente indicaciones sobre los lugares de visita recomendada, sin tener en cuenta los recorridos y usos diarios que uno hace, recorridos y usos que convierten a la ciudad en un espacio habitado, vivo»).



Ninguna otra cosa formula el escritor Alexis Díaz-Pimienta (La Habana, 1960) que propone a ese barrio difusamente triangulado entre las estaciones de metro Tirso de Molina, Antón Martín y —propiamente— Lavapiés como un Papeete castizo: el ombligo del mundo madrileño, en complementariedad con el barrio de La Timba de la capital cubana. Entonces, Lavapiés en Madrid, San Telmo en Buenos Aires y La Timba en La Habana, compondrían una unidad cultural y estética de valores cuasi intercambiables.


En su reciente novela Maldita Danza (Ed. Alba, Barcelona, 2002),

Díaz-Pimienta instala por dos años a La Musicóloga, una pulposa mulata habanera haciendo su maestría en el Conservatorio que luce inmenso ahí, sobre la frontera de Lavapiés, en la calle de Argumosa, antes de llegar al Museo Reina Sofía. Entonces el contraste se hace carne y la protagonista, al definirse, pinta dos paisajes: «seré mulata pero no buena amante, seré musicóloga pero no bailadora, seré joven pero no jinetera, seré cubana pero no disidente, seré licenciada en Musicología pero no Catedrática en Tropicología.

Desde esa perspectiva, brinda al lector (visitante, flanneur, turista) una perspectiva de la barriada lindera, igualmente intelectual y bohemia; La Latina, «...un barrio que me recuerda también mucho a La Habana. Su aspecto antiguo, lo enrevesado de sus calles, el bullicio, su ambiente de barrio auténtico, me hizo sentir muy a gusto. La Latina está lleno de mesones para tapear, y de iglesias. Llega hasta el Rastro, como Lavapiés. Yo a veces subo por Toledo, compro la prensa y me entretengo caminando sin rumbo, mirando vidrieras y fachas. Otras veces voy hasta Bailén, al otro extremo, o a la calle Mayor, o a la Puerta de Toledo, oyendo música por los auriculares y desentendiéndome de todo. Sigo siendo un animal solitario. Y no me quejo. O bueno, sí me quejo. Me aburro de los hombres. Me gustan y me aburren... »


Melancólica, audaz, inteligente, la heroína de Díaz-Pimienta hace de su diario una hoja de ruta, una apuesta al itinerario. Dibuja entonces lo que a su entender son las fronteras de Lavapiés, por cierto, fuente de controversia entre los locales, y compara la disputa con los límites de su barrio en La Habana («Kenzo dice que La Timba se extiende desde Zapata y el Cementerio de Colón hasta los alrededores del Hospital Fajardo; el gordo Macao dice que lo del cementerio sí... pero que lo del hospital es falso... »). No obstante, allí donde hay semejanzas se presentan lo que pueden ser diferencias para unos (los cubanos) y no tanto para otros (los argentinos). En particular cuando de gastronomía se trata y La Musicóloga arremete contra una ostionera de la esquina de San Lázaro e Infanta: «¡Increíble! Los españoles y los franceses. Recogen las babosas, les ponen un nombre comercial menos descriptivo, pero también menos exacto (caracoles), las cuelgan en un saco con agujeros, sin comer (‘hasta que suelten toda la mierda y queden limpias’), y después se las tragan en una salsa picante y oscura, o a la plancha. Y se rechupetean. Hay incluso bares especializados en caracoles, como tapas y como raciones. Qué asco. »


Ordenado a la manera de un diario —un semanario, en rigor— la narración de Díaz-Pimienta salta de un continente a otro hasta bocetar perfiles que, incluso, nos atañen (« ‘Los cubanos somos los argentinos del Caribe’, dicen que dicen en Estados Unidos, porque tenemos el mejor saltador, los mejores boxeadores, los mejores peloteros, la mejor medicina, las mejores playas, el mejor tabaco, las mejores mujeres... »). Y a la vez tales referencias postulan recorridos, como un domingo en la vecina feria del Rastro: «Esta vez fui sola, y me moví poco, llegué a Ribera de Curtidores y me entretuve mirando artesanía, jeans, ropa hecha a mano. Luego fui a la Plaza del general Vara del Rey y palpé Levi’s usados, chaquetas de cuero, chaquetas de pana (corduroy), ya pasadas de moda. Miré muebles interesantes, antiquísimos, e imaginé sus historias: sillas, palanganeros, orinales, butacas, escritorios, piezas de almoneda que si hablaran... Me entretuve otro tanto en las antigüedades de la calle Rodas. Siempre he sentido debilidad por los trastos antiguos. Mi madre no lo entiende... »


Paisajes latinos, por lo tanto jamás silenciosos, más bien con ritmo de rumba o de aquella zarzuela de Barbieri entonada por Manuel Lanza, ese Barberillo de Lavapiés que canta

“En el Templo de Marte/

vive Cupido/

quién será la bribona/

que le ha escondido/

Viva la gracia/

Viva el aquel/

del barberillo de Lavapiés».



Panoramas nuevos que tienden a hacerse conocidos al buscar anclaje en la memoria y, a la hora de partir se perpetúan bajo el manto de la nostalgia («Lo único que voy a echar de menos es el barrio... con sus calles angostas y húmedas, sus mojones llenos de colorido, sus farolitos y toldos policromos, las ventanas con rejas y las puertas de madera carcomida por el tiempo. Me encanta Lavapiés. Me recuerda a La Habana Vieja, pero no a la turística, maquillada y servida como tarta de dólares para los turistas, sino La Habana Vieja de Cayo Hueso y el Callejón de Hammel, de Atarés y Belén, olorosa a juergas nocturnas todos los lunes desde muy temprano, a broncas callejeras los martes a la tarde... »).


Finalmente, La Musicóloga de Maldita Danza retorna a su tierra con un chotis (canción emblemática del barrio que le dio acogida madrileña) resonándole en las sienes y ese caldero de imágenes tomando por asalto sus pupilas. Pues, a la hora de evocar Lavapiés «... no pueden quedarse fuera ni los marroquíes, ni los argelinos, ni los iraquíes, ni los chinos, ni los guineanos, ni los españoles, ni los cubanos, ni los niños, ni los ancianos, ni los mendigos, ni los yonquis, ni los okupas, ni los edificios, ni los semáforos... Es un barrio-mosaico, barrio-puzzle. Es un lugar de tránsito, con calles muy intrincadas y laberínticas. La gente viene y va... »

.
Entre los que vienen y van, de San Telmo a La Timba, de La Habana a Lavapiés, parece que también, a veces, hay lugar para un destino sudamericano.

viernes 23 de noviembre de 2007

Laboratorio de interculturalidad

Aqui os dejo, uno de los estudios mas exhustivos, que he visto sobre el barrio de Lavapies



El barrio de Lavapiés,laboratorio de interculturalidad

Mayte Gómez,University of Nottingham

La zona de Madrid conocida como "Lavapiés" forma parte del distrito Centro de la ciudad y de la subdivisión de éste en barrios, en concreto el de Embajadores, alrededor de la calle del mismo nombre [1]. Lavapiés no tiene personalidad administrativa como tal; no es distrito ni barrio: tan sólo es una plaza, una estación de metro, y unas calles colindantes (fotografía 1).













Sin embargo, tiene algo más y de manera mucho más visible y tangible que cualquier otra zona de Madrid. Lavapiés es un lugar mítico, una manera de vivir, un estilo, una historia – una leyenda. Aunque la zona no existe oficialmente como barrio, tiene una personalidad inconfundible construida y aceptada por el imaginario colectivo de toda una ciudad y, posiblemente, de todo un país.Una de las ironías más profundas sobre Lavapiés es que se considere la quintaesencia del castizismo madrileño. Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, el término "castizo" significa "puro" o "auténtico". Es decir, que en ese imaginario colectivo sobre el que se sostiene la identidad del barrio, Lavapiés representa la esencia de lo que es pura y auténticamente madrileño. Sin embargo, la historia del barrio no es sino la de un proceso de inmigración así como de evolución cultural y étnica continuo, estable, y, por sobre todas las cosas, inconcluso. La referencia más antigua al nombre de Lavapiés, alrededor de los siglos XIV y XV ("Ava Piés", "Lava Piés") describe una plaza de la que emergía un barrio judío (por la Calle de la Sinagoga, hoy día Calle de la Fé) y otro árabe (por la actual calle de Ave María). Una muralla cercana separaba estas zonas del resto de la ciudad, y, presumiblemente, de los barrios cristianos. El nombre del lugar hacía entonces referencia a la fuente que se encontraba en la plaza principal, donde los cristianos que querían entrar en la zona judía debían purificarse lavándose los pies. Parece ser que durante las persecuciones del año 1391, se destruyó la Sinagoga principal de la zona, sobre las ruinas de la que se erige la actual Iglesia de San Lorenzo (Enciclopaedia Judaica, Tomo 11 col. 682).Tras la expulsión de árabes y judíos, el barrio pasó a recibir inmigración interna, especialmente andaluza, y la mezcla de los nuevos inmigrantes con los oriundos del lugar dio como resultado lo que luego se conocería como la "manolería", [2] o lo que Armando Vázquez ha llamado el "arquetipo social del Madrid castizo" (82), una clase social que provenía de los estamentos más bajos pero que pronto se convertiría en la aristocracia de la clase trabajadora por su "ingenio y [sus] travesuras (...) despertando su natural sagacidad, su desenfado y su arrogancia", por lo que también se les conocería como los "chulos" (Enciclopaedia Judaica, Tomo 11 col. 682).Tras varios siglos en los que Madrid, como metrópolis imperial, se convirtió en ciudad de paso para muchos "viajeros, visitantes e inmigrantes" que dejaron su huella en la capital y en los barrios más céntricos (del Corral 130), el Lavapiés que conocemos hoy día se empezó a forjar en el siglo XIX con la llegada masiva de inmigrantes de toda España. El hecho de que esta población inmigrante fuera en su mayoría campesina o trabajadora dejó en la zona la marca indeleble de la marginalidad, entonces simbolizada por los establecimientos comerciales populares y las sencillas viviendas (que hoy han pasado a considerarse "infraviviendas") en forma de corralas.El proceso por el cual se ha llegado a denominar "castizo" a este barrio de Madrid formado, como el resto de la ciudad, por inmigrantes de otras regiones y provincias españolas no es sino un ejemplo más del proceso de asimilación (una especie de "melting pot" a la madrileña, en el que el resultado de la mezcla es diferente a la suma de sus partes) a través del cual se ha construido la capital española. De hecho, la población de Lavapiés vivió tan de lleno este proceso de asimilación que, tal y como afirma Juan Salcedo, "el tema de la diversidad cultural [pasó] a segundo nivel de importancia (salvo en algún caso de extremo "ruralismo", que de hecho ha existido), adquiriendo la segregación económica o de clase la importancia fundamental" (87).Más de un siglo después de que la inmigración nacional dejara tal impronta en la zona, el Lavapiés del siglo XXI – mucho más sofisticado que en todas sus etapas anteriores – está habitado por, al menos, cuatro grupos sociales bien marcados y diferenciados, en todos los cuales el barrio suscita la misma pasión. En primer lugar, están los inmigrantes nacionales y sus descendientes, una población ya envejecida a la que todo el mundo – incluso ellos mismos – conoce como "los vecinos de toda la vida". En segundo lugar se encuentran los "nuevos vecinos", inmigrantes internacionales que empezaron a llegar a Lavapiés en los años sesenta y setenta, pero que protagonizaron un auténtico boom migratorio alrededor de 1995, hasta llegar a ser hoy día casi la mitad de la población del barrio. Esta segunda ola de inmigración trajo nuevos ingredientes que marcaron Lavapiés con renovados aires de marginalidad, pues muchos de estos inmigrantes se encuentran en el país de manera irregular e intentando también dejar su huella en un lugar ya de por sí cargado de connotaciones culturales muy poderosas.Pero la marginalidad de Lavapiés no está marcada sólo por la presencia histórica de inmigrantes nacionales y la más reciente de los internacionales, sino también por la de una nutrida comunidad de activistas, cuyas ideologías y prácticas socio-políticas transcurren al margen del sistema. Agrupados bajo la denominación global de Red de Lavapiés – organización en la que confluyen discursos y prácticas okupas, feministas, de liberación lesbiana y gay, anti-bélicas, pro-vivienda, pro-República, etc. – los activistas del barrio sobreviven estoicamente – que no sin fisuras – a las muchas batallas perdidas contra la administración y sus autoridades.Es éste un grupo variado de hombres y mujeres de una edad media de cuarenta años que lleva varias décadas haciendo del barrio un auténtico laboratorio de democracia participativa, y que ha librado muchas luchas por crear y mantener espacios sociales y culturales auto-gestionados que puedan dar libre expresión a la multiplicidad de ideas e identidades que existe en el barrio.





















De entre estos proyectos, hoy sobreviven tres: La Eskalera Karakola, centro social feminista recientemente desalojado y reubicado por las autoridades; El Solar, literalmente un solar sin construir donde El Labo, centro socio-cultural auto-gestionado reiteradamente desalojado por las autoridades, vive ahora "en el exilio"; y La Biblio, proyecto errante de biblioteca popular, y aún sin hogar definitivo. La preparación intelectual de estos activistas es alta (algunos de ellos se dedican profesionalmente a la investigación y una amplia mayoría son profesionales) y está influida por las teorías situacionistas y su visión radical del uso del espacio urbano; el objetivo de sus acciones es permanecer a cualquier precio fuera del sistema y practicar la revolución no desde los grandes discursos y los grandes cambios, sino desde la práctica de la vida cotidiana, reclamando el acceso a los espacios donde interactuar como comunidad de ciudadanos y ciudadanas de manera libre, sin la intervención de las instituciones del estado.Acompañándolos a todos ellos, están los "novísimos vecinos" (según la terminología, no exenta de ironía, de los activistas del barrio), también conocidos como "nuevos colonos" (así se refirió a ellos un concejal del Ayuntamiento de Madrid), una nueva población de ciudadanos de clase media relativamente joven – rondando los treinta o cuarenta años – más o menos progresista en lo social y lo político, bohemia en grados diversos, posiblemente artística también, y que llega al barrio atraída por el mito de una zona céntrica que es "castiza", "progre" y "multicultural" a la vez, sin aparentes contradicciones, y en la que ellos pueden poner su toque cultural y artístico de connotaciones y tonos postmodernos



















[3]. El contexto en el que se ha desarrollado la vida cotidiana para estos cuatro grupos sociales en los últimos años es el creado por el que quizá sea el más largo proceso de rehabilitación urbana oficial, diseñado y administrado por el Ayuntamiento de Madrid (aunque ejecutado también por subcontratas) cuyo objetivo, según el discurso oficial, es salvar la zona de la decadencia urbana que venía sufriendo, modernizando sus viviendas y su infraestructura. En realidad, el programa es una manifestación más – de las muchas que pueden encontrarse en la ciudad – del capitalismo monopolista de estado, cuya lógica no puede tolerar que las zonas centrales de la ciudad – atractivas por su diseño urbano histórico y por sus atracciones culturales tanto históricas como modernas – estén ocupadas por las clases más humildes viviendo en edificios antiguos, lo que impide que se pueda especular con el terreno. Es por ello que en Lavapiés se ha hecho necesario "el cambio de usos y el cambio de población relacionada con dichos usos" que, según Manuel Castells, el estado necesita como estrategia para intervenir en la remodelación urbana (Ciudad, democracia 171). Con esa intervención, el estado se convierte en "‘ordenador’ de la vida cotidiana de las masas" y agente de la "organización del espacio" (Movimientos 7) con el fin de originar la especulación del suelo y de la vivienda que necesita para conseguir sus objetivos. Con este "cambio de usos", las zonas céntricas de la ciudad pasan a ser "enclaves exclusivos y protegidos paramilitarmente para el atrincheramiento de las élites hegemónicas" (La sociedad red 479-481), proceso ya conocido como gentrificación. En el caso de Lavapiés, el objetivo de la gentrificación es que la zona pueda liberarse para siempre de su aire de marginalidad y pase a ser considerada como parte integral del trayecto turístico del centro de la capital, además de sede residencial de clases sociales más pudientes.En este contexto de antiguos y nuevos inmigrantes, activistas, yuppies, rehabilitación urbana, y gentrificación, en el que la tónica de la vida diaria viene marcada por la falta de servicios públicos, atascos de tráfico, suciedad en las calles, la desaparición del comercio tradicional, el "chabolismo vertical" (infravivienda en las corralas y otros edificios), "camas calientes" (inmigrantes turnándose para compartir no ya la casa sino la cama), precariedad laboral generalizada y violencia ocasional – por nombrar tan sólo algunos de los problemas más candentes en el barrio – ¿cómo podemos entender el Lavapiés de hoy día?En las páginas que siguen propongo, primero, hacer un diagnóstico del entorno físico del barrio, analizando el diseño y el uso cotidiano del espacio urbano que hace cada una de las comunidades que lo habitan, y reflexionando también sobre la manera en que esos diversos diseños y usos conviven unos con otros, a caballo entre el equilibrio y la tensión. Bajo esa difícil convivencia subyacen no sólo diferentes formas de relacionarse con el entorno urbano, sino también estrategias distintas – a veces, incluso, contradictorias – con las que construir Lavapiés como lugar de pertenencia, y hacer de ese lugar uno de los pilares sobre los que asentar la identidad individual y colectiva.


















El aparente caos que origina esta multiplicidad de usos urbanos, construcciones del espacio e identidades no es síntoma de crisis ni producto de una ruptura traumática y abrupta con el pasado histórico del barrio. Más bien al contrario, el aparente caos de Lavapiés no es sino una etapa más en el proceso intercultural que la zona ha vivido prácticamente durante toda su existencia. A través de un nuevo enfoque con el que entender y relacionar entre sí términos como interculturalidad, integración, participación y ciudadanía, puede encontrarse la manera de impulsar ese proceso en Lavapiés, a través no de la dispersión sino de la integración de sus fuerzas.Lavapiés: la pugna por el espacio urbanoComo ya han debatido los geógrafos marxistas, la organización del espacio es producto de la sociedad de la que emana, al tiempo que, como estructura social, influye sobre las relaciones sociales. Es decir, en la relación entre un espacio urbano determinado y la sociedad en la que se crea y de la que es parte, hay un "flujo en dos direcciones", [4] como diría Edward Soja, o una "dialéctica socio-espacial" (57). En ciertos contextos urbanos, esa "dialéctica socio-espacial" está marcada por la lucha de clases, pues el espacio no es sino la "expresión y escenificación" de "los intereses de la clase dominante según un modo de producción determinado y hacia un modelo de desarrollo concreto", al tiempo que "las formas del espacio [están] marcadas por la resistencia de las clases explotadas", por lo que surgen "movimientos sociales para (...) intentar nuevas funciones y nuevas formas" (71).Una primera mirada sobre Lavapiés nos revela de inmediato la existencia de una poderosa "dialéctica socio-espacial" contemporánea: los intereses capitalistas de la clase dominante (representada en este caso por el estado y sus instituciones locales) se ponen de manifiesto en el espacio urbano del barrio a través del programa de rehabilitación y de la especulación inmobiliaria que desata. En respuesta, los grupos marginalizados (activistas, inmigrantes) resisten la intrusión re-ocupando (o, en algunos casos, okupando y re-okupando) el espacio, esté disponible o no, y reclamando los usos cotidianos de las zonas públicas colectivas – todo ello, por supuesto, con diferentes grados de conciencia y capacidad de auto-reflexión intelectual.No es éste el análisis que quiero elaborar, sino la premisa de la que quiero partir para posar sobre Lavapiés una mirada algo más profunda a través de la cual revelar una "dialéctica socio-espacial" mucho más compleja. En el corazón del barrio, el de "toda la vida", hay un espacio viejo, antiguo y decrépito, un paisaje urbano decimonónico cuyos iconos desaparecen como parte de un proceso evolutivo lento pero ineludible. Este "corazón" es, por naturaleza, tan estático e inamovible como perecedero. De él emanan cuatro procesos transformadores que, lejos de sucumbir al estatismo, fuerzan al barrio a evolucionar hacia nuevas formas y representaciones. El motor de estos procesos transformadores es un conjunto de cuatro fuerzas centrífugas que buscan transformar el espacio urbano del barrio – y con ello, por ende, dirigir sus futuros destinos – hacia cuatro direcciones opuestas, creando, en el proceso, un espacio intensamente atormentado.En primer lugar, el programa oficial de rehabilitación, en su intento de renovar el espacio urbano, se adentra en lo más profundo de ese corazón decrépito para intentar devolver al barrio su antigua gloria castiza, aunque modernizando las infraestructuras. Así, la rehabilitación consigue que las antiguas ruinas de las Escuelas Pías, [5] en la muy sufrida Plaza de Agustín Lara, se conviertan en una moderna biblioteca de uso exclusivo de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), recuperando una imagen clásica y dotándola de aires modernos y funcionalidad. En segundo lugar, los diferentes grupos de activistas han venido marcando Lavapiés durante décadas con el sello inconfundible de su visión democrática de la cultura, abriendo espacios de interacción social y cultural (los varios Labos, numerados del uno al cuatro, hasta que se llegó al Labo en el exilio), marcando el espacio con lugares irreverentes, conscientemente anárquicos, siempre en zonas sin edificar o en construcción, que no se pudieron acondicionar completamente por falta de medios. En tercer lugar, las nuevas generaciones de inmigrantes, ajenas a la tradición del barrio y portadoras de una memoria cultural muy diferente, además de heterogénea, participan en la creación (no necesariamente consciente, y desde luego en absoluto planificada) de un espacio moderno pero sobre todo multifuncional, diseñado para cubrir necesidades inmediatas tales como las de servicios y comercio. Esta funcionalidad urbana multicultural está haciendo que las calles de Lavapiés no sean ya muy diferentes a las de cualquier barrio de ciudades con una larga historia de inmigración internacional como Londres o Toronto. Por último, los novísimos vecinos añaden al espacio urbano sus centros artístico-culturales, en su mayoría en la calle Argumosa y Olivar, con una ética y estética diferente a la de los activistas: en sus librerías internacionales y progresistas con decoración "Nueva Era" conviven la política anti-capitalista, el yoga y la cosmética natural; mientras que en sus galerías de arte muestran una combinación kitsch de fotografías de Warhol acompañadas de una selección de máscaras africanas.El resultado de que estas cuatro concepciones diferentes del espacio urbano converjan en la misma zona da lugar a diferentes "heterotopias", definidas por Michel Focault como "espacios característicos del mundo moderno" capaces de "yuxtaponer en un espacio real único muchos espacios diferentes, muchos lugares que serían, de otra manera, incompatibles" (cit. en Soja 17). Es precisamente en una cadena de compatibilidades e incompatibilidades – de encuentros y desencuentros – que se materializa el tormento del espacio urbano de Lavapiés.Tal vez el desencuentro y la incompatibilidad más obvios sean los que puede observarse entre, por un lado, los espacios concebidos por el programa oficial de rehabilitación y, por otro, aquellos diseñados por los activistas de la Red de Lavapiés. Mientras la rehabilitación convierte plazas históricas en explanadas de cemento bajo las que construir parkings subterráneos, remueve las ya de por sí escasas zonas verdes, crea centros culturales y comunitarios de moderno diseño con programas pre-fabricados y generalistas y permite que los servicios sociales y sanitarios queden reducidos a la mínima expresión, los activistas convierten las plazas de cemento en escenarios para la movilización social, invaden los espacios abandonados para crear centros sociales anti-jerárquicos y abiertos en los que llevar a cabo un programa ajustado a la realidad local tal y como ellos la perciben, y movilizan a los vecinos para reclamar los servicios sociales que la zona necesita con urgencia, entre ellos un Centro de Salud.Por otro lado, la compatibilidad más obvia y el encuentro más sosegado entre estas fuerzas son los que tienen lugar entre el programa de rehabilitación y el estilo de los novísimos, ambos empeñados en ignorar, hasta cierto punto, la realidad presente del barrio. El discurso contradictorio con el que las instituciones oficiales justifican la rehabilitación arquitectónica de las Escuelas Pías reconoce, por un lado, que en un barrio de "fuerte carácter" como Lavapiés, "reforzado últimamente por una acumulación de substratos étnicos", no puede buscarse "soluciones complacientes de ‘diseño’, sino que resulta preciso (...) sumergirse en la enorme carga de referencias que la historia ha ido reflejando"; por otro, sin embargo, concluye que, precisamente por ello, la rehabilitación de las ruinas se ha basado en la búsqueda del poder expresivo "a través de valores primarios, intemporales e indiscutibles, como el material, la construcción y la luz, además de tener en cuenta el carácter descarnado, brutal e imponente del lugar y de la ruina" (Linazasoro 19; cursiva añadida). La renovación arquitectónica sostenida por esta visión contradictoria ha devuelto a la vida el diseño histórico de las Escuelas, al tiempo que ha inmortalizado su fachada en ruinas, con el efecto que tuvo la guerra civil en el edificio. Resulta difícil, pues, dilucidar cómo este proceso de rehabilitación ha tenido en cuenta los "substratos étnicos" que se dan cita en el Lavapiés moderno, casi setenta años después de la guerra. Para completar el proceso, el edificio se ha puesto al servicio de la UNED, una decisión que contribuye a mantener vivo el espíritu educativo del edificio original pero no sirve para cubrir las necesidades más urgentes del barrio.De la misma manera, las manifestaciones artísticas de los novísimos, aunque exquisitamente contemporáneas en estilo y concepción, se alejan también de la realidad presente de Lavapiés en su diseño y contenido. En la calle Olivar, las tiendas de los africanos o egipcios – tiendas sencillas, a veces caóticas y a veces inmaculadas – ofrecen productos y artesanía que parecen ser en su mayoría para consumo interno de una comunidad étnica determinada, aunque no se descarta que puedan atraer a los autóctonos. En la misma calle Olivar y también en la calle Argumosa, el estilo kitsch urbano de los novísimos recoge la esencia artístico-cultural de estas comunidades, las simplifica y esencializa y las expone para consumo casi exclusivo de los autóctonos. Lo que a la vuelta de la esquina es ordinario, en la galería de arte con tonos postmodernos se convierte en exótico. El exoticismo, por otra parte, hace que tal manifestación artística se perciba como foránea y no como una presencia cotidiana que forma ya parte del tejido social y cultural del barrio. Además, con la comercialización de estas expresiones artísticas, los novísimos crean tan sólo un aparente encuentro y una aparente compatibilidad con las manifestaciones culturales de los nuevos vecinos inmigrantes. En realidad, la relación que se crea es poco más que lo que Jean Baudrillard llamó un "simulacro", pues en las manifestaciones artísticas de las galerías de arte postmodernas se recoge una imagen sin esencia, casi sin significado, convertida en fetiche y en la que se ha perdido el referente. Pero en Lavapiés, como tal vez sea de esperar, las heteretopias destacan no sólo por ser acumulaciones de compatibilidades e incompatibilidades, sino también por poder transformar lo aparentemente incompatible en algo perfectamente compatible a través del ejercicio de la resistencia. Un ejemplo de esta resistencia es el que nos propone el local situado en la Calle Embajadores no. 31 (fotografía 2). En este solar, propiedad de una pareja de origen chino, se encuentra una tienda de artículos de textil, sin nombre propio visible y relativamente escondida tras el enorme decorado de adoquines que en su día anunciaba una peluquería. Hoy día, la vieja gloria del Madrid castizo brilla reluciente a todo color en el adoquín restaurado, mientras que en el interior del local opera con un objetivo mucho más funcional una tienda de textil anónima. La rehabilitación – aunque haya sido por iniciativa privada – ha conseguido recrear y revivir un estilo histórico que los inmigrantes chinos han podido fácilmente co-optar para uso propio, dándole un contenido funcional. Sólo con esa intervención/resistencia, puede la rehabilitación urbana establecer una conexión con el presente. La corta distancia que separa las Escuelas Pías de la peluquería/tienda es, en lo que se refiere a intenciones y resultados, todo un abismo.En otros casos, sin embargo, el ejercicio de la resistencia no crea compatibilidades ni aparentes ni reales, sino que más bien contribuye a poner de manifiesto el tormento que resulta de la lucha por el espacio. Muchos de los centros culturales, sociales o comunitarios regentados por el Ayuntamiento en el barrio de Lavapiés, e incluso alguno privado, se han construido en solares adyacentes a los que un día okuparan, o todavía okupan, los activistas con sus laboratorios auto-gestionados. Por ejemplo, en la Calle Olivar, el Centro Cultural Lavapiés (que pasa desapercibido para muchos de los nuevos vecinos del barrio) emerge triunfante y sólido junto al solar abandonado que los activistas han hecho suyo y llaman simplemente El solar (fotografía 3). El Centro Comunitario Casino de la Reina, en la Calle del Casino, se esconde más que emerge en la parte posterior de un inmenso terreno que en su día fuera el Labo 2, y sobre cuyas ruinas se ha terminado un parking (fotografía 4). El centro privado La Casa Encendida, en la Ronda de Valencia, da su espalda al solar que fuera el antiguo Labo 3, espacio que estuvo abandonado y vallado durante mucho tiempo, hasta que recientemente se construyó en él un nuevo edifico de apartamentos modernos (fotografía 5).En estos espacios, en los que curiosamente muchos de estos centros culturales oficiales miran hacia fuera del barrio más que hacia dentro (El Casino de la Reina hacia Arganzuela, La Casa Encendida a la Ronda de Valencia – ambas ya zonas colindantes con Lavapiés), se observa la lucha que se ha librado por la construcción no ya de edificios culturales sino de visiones sociales y políticas extremadamente diferentes. En las ausencias visibles y en las ruinas que aún quedan o en las que se han cubierto con parkings o apartamentos se nota quién perdió la batalla. La pugna entre el Centro Cultural Lavapiés y El solar aún permanece, y los dos establecimientos, pared con pared, ofrecen dos visiones diferentes de la cultura y del uso del espacio. En El solar se reúnen múltiples grupos de la Red de Lavapiés, se hacen festivales alternativos de cine, se convoca a los vecinos para hablar de la rehabilitación de sus edificios, y, lo que es más importante, se abre el espacio para que lo usen todos aquellos que lo necesiten para cualquier actividad. Mientras, el centro oficial ofrece una programación típica diseñada en oficinas burocráticas centrales: clases de español para extranjeros (y en las que, por cierto, hay muy pocos alumnos), clases de inglés, apoyo escolar, etc. Los usuarios de uno y otro centro son, por supuesto, muy diferentes, y los del último apenas si tienen conciencia de la existencia de El solar. Aunque no pueda ya librarse una batalla contra el Centro Cultural Lavapiés, los activistas pueden, al menos, subvertir el poder oficial con el poder de su ironía: en el verano del año 2004, la Red de Lavapiés organizó un Festival de Cine Alternativo en El Solar, en el que la pared que comparten con el centro oficial se convirtió en una pantalla gigante y vino a salvar al colectivo de activistas de la falta de recursos técnicos. De manera sutil y profundamente irónica, con la mera proyección de las películas en la pared desnuda, la Red obligó al estado a proporcionarle una herramienta de gran valor estratégico para su programación, y a hacerlo, incluso, de manera parásita, sin tener elección [6].De la pugna por el espacio urbano a la negociación de la identidad Si cada uno de los diferentes grupos sociales que habitan Lavapiés ha creado o está en proceso de crear un espacio urbano diferente, con sus pugnas, ironías y "heterotopias", es porque, en primer lugar, cada uno de ellos tiende una mirada diferente sobre el barrio, y ésta les devuelve la imagen de un lugar diferente. Es por ello, que el diseño del espacio urbano – tanto si es oficial como alternativo, organizado o espontáneo – está sostenido por y enraizado en una concepción intelectual y emocional muy concreta del espacio físico, de su razón de ser, de su evolución pasada, su estado presente, y sus posibilidades para el futuro.Este concepto de "lugar", como señala Yi-Fu Tuan, es un "mundo de significado organizado" (Space 179) que produce una identidad determinada a través de un proceso en el que se "dramatiza[n] las aspiraciones, necesidades, y ritmos funcionales de la vida personal y colectiva" (178). Según Tuan, el espacio se convierte en "el componente espacial de una visión del mundo, una concepción de valores localizados dentro de los cuales la gente desarrolla sus actividades" (88).El lugar que construyen hoy día los vecinos de toda la vida en sus paseos por Lavapiés [7] es el de un "país extranjero". Para muchos de ellos, el barrio "ya no es como antes", ahora es "otro mundo" (muchos llegan a decir que es una "ciudad sin ley").



Algunos hasta afirman que, en realidad, la zona no puede ya llamarse "Lavapiés" – como si tal nombre fuera portador de una esencia incambiable e intransferible – sino que ahora debe llamarse un "barrio internacional". No reconocen a los nuevos vecinos. Antes, dicen, "éramos una familia fraternal" y "nos conocíamos todos". Estos vecinos perciben que ha habido una violenta usurpación del espacio y que se les ha arrebatado el barrio en el que se desenvolvían y en el que ellos habían sido, por supuesto, los protagonistas absolutos. Con bastante resignación, han construido nuevos espacios en los que compartir con personas de su misma cultura, lengua y edad. De la plaza que da nombre al barrio y que solía ser su punto de encuentro se han "exiliado" a la Calle Argumosa – considerada por muchos la calle "más burguesa" del barrio, casi exenta de inmigrantes internacionales y ya en los límites de Lavapiés, lindando con Atocha – donde han encontrado su nuevo hábitat.Cuando los vecinos de toda la vida fotografían su barrio, sus fotos reflejan no tanto lo que ellos ven hoy día, sino lo que alguna vez vieron y les gustaría seguir viendo: el Lavapiés de las muchas corralas – de las cuales ya quedan pocas, y sólo una visible; la plaza de Agustín Lara, donde "había una estatua del cantante", además de muchos árboles y bancos; la entrada del parque Cabestreros, "que era tan bonita" (y no se aventuran a fotografiar lo que ahora hay detrás del portón histórico – una plaza de cemento abandonada por las autoridades –, pues está lejos de su ideal de belleza). Sus fotografías reflejan un lugar ausente, el Lavapiés que fue y ya no es. En realidad, están fotografiando su propia nostalgia. El barrio que aparece en sus fotos está enteramente poblado de ausencias. Tuan explica experiencias similares a la de estos vecinos argumentando que el concepto de "lugar" es siempre "estático", pues si pudiéramos concebir el mundo como proceso en continuo cambio, nunca desarrollaríamos el apego a un lugar (Space 179). Por ello, "cuando una persona (...) siente que el mundo está cambiando demasiado deprisa, su respuesta normal es la de evocar un pasado idealizado y estable" (188), pues la "pasión por la preservación surge de la necesidad de tener objetos tangibles que sostengan la experiencia subjetiva de la identidad" (197).Sin embargo, y todavía según Tuan, cuando la persona siente que es ella la que controla el proceso de cambio y las consecuencias de este proceso que le afectan más directamente, su identidad estará "sostenida por acciones más que por los recuerdos del pasado" (188). Podría decirse, por ello, que frente a la visión "estática" de Lavapiés que construyen los vecinos de toda la vida, se encuentra la de los vecinos activistas, hasta cierto punto "sostenida por acciones" más que por los "recuerdos del pasado", y, sobre todo, por una gran capacidad de auto-reflexión que proporciona cierta dosis de desapego y capacidad de ironía. Los activistas formulan un proyecto de futuro con el que contribuyen a construir una visión del barrio como ente en continua transformación, y cuya identidad, lejos de ser una esencia transcendental e inalterable, está en continua negociación. Aún así, sin embargo, en sus paseos por el barrio, los activistas plasman en sus fotografías no el Lavapiés de múltiples identidades, sino el Lavapiés como laboratorio de resistencia, es decir, su propio barrio. En los paseos, las viviendas rehabilitadas, cuyas historias internas conocen a la perfección, son de importancia monumental, pues muchas de ellas ilustran el poder de resistencia y negociación que los activistas han podido ejercer con las autoridades; también lo son las casas donde viven, que más que pisos compartidos son auténticos laboratorios de vida colectiva; la plaza como lugar de intervención y comunicación hacia los vecinos, así como lugar de encuentro; o los bares, que más que establecimientos de entretenimiento son centros sociales, especialmente los situados en la Calle Argumosa. Pero la manera en que los activistas construyen su barrio en las fotografías incluye también cierto grado de nostalgia, e incluso algunas ausencias. Para ellos, parte intrínseca de Lavapiés son los espacios donde solían estar los Labos, u organizaciones como Xenofilia (asociación de apoyo a inmigrantes que también ha dejado de existir). Los lugares vacíos que fotografían contienen, a menudo, la presencia fantasmal del edificio que fue, en su día, desalojado por las autoridades, y de esa presencia emana aún el recuerdo de un sueño frustrado y una batalla perdida, lo que produce un dolor emocional palpable. Aunque los activistas no sienten nostalgia por el pasado lejano, sí la sienten al contemplar los espacios en los que han quedado marcadas sus recientes derrotas. El barrio entero, para ellos, está también poblado de estas ausencias, símbolos de lo que pudo llegar a ser y también de una época de activismo que en ocasiones se percibe como más dinámica de lo que es hoy día.El lugar que crean en sus fotografías los nuevos inmigrantes es el de menor carga nostálgica, aunque no por ello exento de emociones.




En sus paseos, celebran la multiculturalidad del barrio y la presencia masiva en las calles de personas de todas las etnias, lo cual da a la zona una vida y un ajetreo que contribuyen a crear la experiencia subjetiva de "vivir en comunidad" – aunque también se lamenten de que una de las razones de esa presencia en las calles sea la falta de vivienda digna. En sus fotografías, estos vecinos plasman su visión del barrio como un lugar multicolor, hervidero de actividad y ejemplo perfecto de buena vecindad, en la que la mayoría de los espacios cumplen una función eminentemente práctica. En sus fotografías no hay ausencias sino posibilidades. Sus paseos nos llevan desde la plaza central al supermercado Champion´s, de allí a los locutorios, luego a los restaurantes de su nacionalidad o cultura, a las tiendas, a la mezquita, el centro médico, la farmacia, y de vuelta a la plaza. Para todos ellos, muchos de estos sitios son lugares de encuentro: de manera más obvia, en la plaza, pero también en los locutorios, donde se va no solamente a hacer una llamada sino también a socializar con los amigos de la misma cultura, a buscar trabajo, o a enterarse de los últimos cambios en la Ley de Extranjería. Por lo general, y salvo contadas excepciones, los nuevos inmigrantes no conocen lo que es una corrala ni saben decir dónde hay o hubo una. Tampoco saben en qué se ha convertido el nuevo edifico que se ha restaurado en la Plaza de Agustín Lara, al otro lado de la mezquita. Podría decirse que para ellos Lavapiés es un lugar sin historia, un barrio en construcción.Aunque cada una de estas comunidades construye un lugar diferente en el espacio urbano de Lavapiés, todas ellas tienen una experiencia en común: el entorno en el que viven es "portador de eventos de gran carga emocional" que se convierten, además, en "símbolos" importantes para la vida cotidiana. Por ello, todas ellas se relacionan con el barrio a través de lo que Yi-Fu Tuan ha llamado un sentimiento de "topofilia", definido como los "lazos afectivos que un ser humano siente hacia el entorno material" (Topophilia 93). A través de estos "lazos", los habitantes de un barrio obtienen la "seguridad emocional" que les permite funcionar eficazmente en su entorno, y para ello necesitan "sitios distinguibles, reconocibles" en los que poder proyectar "emociones y significados" (Kevin Lynch, cit. en Yan Xu s/p). Los vecinos de toda la vida proyectan en el espacio el sentimiento de angustia por lo que el barrio fue y, según ellos, ya no es; los activistas comparten la emoción entre el dolor por lo que han perdido y el entusiasmo hacia aquello por lo que siguen combatiendo; y los nuevos vecinos se apegan al barrio como símbolo de la nueva vida que les proporciona su proyecto migratorio individual o colectivo. En todos los casos, la noción de lugar que construyen y a la que se aferran les sirve de apoyo para sostener una identidad individual o colectiva igualmente sólida.Esta conexión tan íntima entre la necesidad de construir una noción de lugar al que pertenecer y el deseo individual o colectivo de poseer una identidad con la que poder definirse a sí mismo en relación a los demás (y en el caso de Lavapiés podría decirse que el apego a la identidad colectiva es una de las fuentes de identidad individual) origina también una dialéctica de la que es difícil escapar. Efectivamente, una vez que el arraigo emocional a un lugar ha contribuido a que el individuo o colectivo construya su propia identidad, ésta última se proyecta de nuevo hacia el entorno físico, (re)construyendo éste según nuevos parámetros. El resultado es que el entorno físico no es ya tan sólo fuente de identidad sino que es también recipiente de ésta, cerrando así la relación dialéctica entre ambos. Es, precisamente, la naturaleza dialéctica de esta relación lo que hace que algunos de los protagonistas olviden por completo los dos procesos de identificación que han tenido lugar en direcciones opuestas – del lugar a la comunidad y de la comunidad de vuelta al lugar – y, por ello, perciban erróneamente que entre ellos y el entorno que habitan existe una relación de pura simbiosis: en el espacio urbano, de personalidad única, sólida, coherente y atemporal, habita una comunidad, igualmente coherente y homogénea, en perfecta armonía con él.Sin embargo, un espacio urbano tiene una evolución física, social, cultural, e incluso política, que se desarrolla, hasta cierto punto, independientemente de las proyecciones subjetivas que recaen sobre él desde las diversas comunidades que lo habitan. Lo que da a un lugar su especificidad, pues, como ha argumentado Doris Massey, no es la "historia internalizada" de la/s comunidad/es que lo habita/n sino el hecho de que ese espacio se haya construido "desde una constelación particular de relaciones sociales, que se han encontrado y se han entretejido unas con otras en un sitio concreto" y, por supuesto, a lo largo del tiempo (66). En el caso de Lavapiés, esta "constelación" tiene una larguísima historia en la que infinidad de relaciones sociales, culturales, políticas, religiosas y étnicas han dejado una profunda huella, y ha hecho del barrio lo que es hoy día. Desde los años en que Lavapiés fue zona judía y árabe, separada de los barrios cristianos por relaciones discriminatorias sancionadas por el estado, a los años en que las clases sociales más oprimidas de toda España encontraron refugio y "fraternidad" en la gran ciudad como consuelo para las penurias de su proyecto migratorio, pasando por el momento en el que el barrio comenzó a ser poblado por españoles de etnia gitana, o el que se convirtió en centro de experimentación artística y cultural postfranquista, hasta el momento actual en que nuevos inmigrantes buscan en el barrio exactamente el mismo refugio que sus predecesores, el barrio de Lavapiés ha construido un inmenso tejido social y cultural de carácter internacional, intersocial, interreligioso e interétnico que ha marcado su vida entera, más allá de lo que pueda haber proyectado en él una generación concreta. La subjetividad de este Lavapiés es, como diría Craig Calhoun, un "proyecto, algo siempre en construcción, nunca perfecto" (20).Si Lavapiés tuviera un "relato" con el que "funda[r] y articula[r]" tanto su espacio físico como el simbólico, según nos propone Michel de Certeau (170) sería el sostenido por la polifonía que han creado todos aquellos grupos sociales que han vivido en sus calles a lo largo de los siglos. No es éste un relato monolítico ni coherente, sino lleno de fragmentaciones, conflictos y contradicciones, tantas como identidades construidas por cada uno de sus protagonistas, ya sea en el ámbito individual o el colectivo.Las comunidades que habitan el Lavapiés contemporáneo están, hasta cierto punto, forzadas a confrontar su experiencia subjetiva con la fuerza arrolladora de este relato polífono, ya sea para aceptarlo, negarlo o ignorarlo. Los vecinos mayores se aferran a un relato diferente: el del Lavapiés castizo, con sus fiestas a la Virgen, sus chulapas, manolos, limonada y bandas de música, todo ello rociado con "fraternidad". El relato se mantiene vivo – aunque agonizante y sujeto tan sólo por el fino hilo de la nostalgia – y se perpetúa como el único posible con la expresión universalmente aceptada de "de toda la vida". Sostenido por el imaginario colectivo, el propio nombre del relato excluye la existencia de cualquier otro, pues sólo éste se percibe como profundamente arraigado en el pasado, lo cual le otorga autenticidad y el derecho indiscutible a la permanencia. Además, el contenido del relato se presenta como irrefutable: no tiene génesis, ni final, ni evolución posible: simplemente es. Los relatos de los activistas están por doquier, escritos en las fachadas de sus propios edificios, en el ciberespacio, en solares, en la calle – aunque las autoridades intenten borrar continuamente las huellas de su presencia (fotografía 6). Este relato nos presenta un barrio de experimentación radical y política, un laboratorio único de democracia participativa, narrado por una multiplicidad de voces, y que excluye el estaticismo de manera radical. Para ellos, Lavapiés es un lugar en continuo movimiento, a veces dentro de unas fronteras urbanas visibles y a veces "en exilio". El nivel de conciencia social y política de los activistas, además de la auto-conciencia intelectual que les permite reflexionar sobre sus propios procesos y el efecto que éstos tienen en el espacio, hace que sus relatos incluyan también incoherencias y fragmentaciones. Son relatos que negocian continuamente su propia existencia con la de un Lavapiés que existe fuera del relato mismo – de ahí el interés de los activistas en relacionarse con todas las fuerzas del barrio, aunque, como veremos más adelante, en algunos casos este deseo se encuentra con serias dificultades.El relato de los inmigrantes internacionales, el más obviamente en evolución, es una historia de desafío y supervivencia, y se construye con su presencia en las calles, plantando cara a las autoridades y sus redadas, con la creación de comercios, de asociaciones, bares, peluquerías, y restaurantes, incluso "forzando" a algún comercio tradicional a poner sus letreros en varios idiomas. La voz de los que escriben este relato está algo menguada y sus creadores carecen de la necesaria agencia social para narrarlo. Sin embargo, es éste tal vez el relato más poderoso de Lavapiés, el más visible hoy día, y aquel con el que todos los demás están abocados a relacionarse.Cada uno de estos relatos – el castizo, el radical, el multicultural – tiene como origen y, además, reproduce continuamente una visión mítica del barrio de Lavapiés. En el caso de los activistas, el misticismo viene dado por el poder de la resistencia que ejercen en el barrio y por cómo han sabido mantenerla en el tiempo a pesar de todas las limitaciones y obstáculos. En el caso de los inmigrantes internacionales, Lavapiés se ha convertido en mito al difundir la idea del lugar como espacio de refugio y apoyo para la comunidad emigrada internacional, hasta el punto de que el barrio sea ya conocido entre los inmigrantes de origen subsahariano que se encuentran en los montes de Marruecos a la espera de poder cruzar la frontera con Melilla [8]. Hasta cierto punto, también estos relatos crean un "espacio mítico" en el sentido que Tuan ha dado al término, al definirlo como una "construcción intelectual [que] ignora la lógica de exclusión y contradicción", pues aunque "[d]esde un punto de vista lógico (...) una entidad puede estar hecha de muchas partes (...) pero una de las partes no puede ser lo mismo que la entidad, (...) [e]n el pensamiento mítico, una de las partes puede simbolizar la totalidad y tener su potencia" (100). Son los vecinos apegados al relato del Lavapiés castizo los que de manera más obvia confunden una parte del relato global con su totalidad. Aunque la falta de interés de los vecinos mayores en adaptar su vida a la de otros "inmigrantes" cuya lengua y tradiciones desconocen es perfectamente comprensible a nivel individual y a nivel humano, no deja de ser parte de una conciencia social hasta cierto punto conservadora basada en la visión estrecha, subjetiva y limitada que ve el presente como algo estable, invariable y estático (como lo que "es" más que como aquello en lo que se ha "convertido" o que continua en proceso de transformación), más que como una mera parte de un todo mucho más grande que, aunque ya no visible, no carece de personalidad propia. Por supuesto, como señala Eduardo Gutiérrez, [9] de la Red de Lavapiés, "no existe la idea de Lavapiés", sino que es algo que "ha cambiado a lo largo del tiempo". El casticismo ha sido "una construcción forzada", "parte de un discurso político". "En ese sentido" – afirma Gutiérrez – aquellos que ahora ven Lavapiés como un "'barrio internacional' tienen razón" pues ya no es éste el barrio que ellos conocen y, sin embargo, es "precisamente éste el barrio de Lavapiés como lo fue hace siglos".El misticismo creado por estos relatos se proyecta de nuevo sobre el entorno, creando un entretejido de relaciones y una frágil correlación de fuerzas: el "espacio mítico" que crea el relato castizo está siendo desestabilizado por el nuevo misticismo del relato multicultural, al tiempo que el relato radical puede sobrevivir aceptando ambos. Sobre todos ellos, por supuesto, se extiende el relato legitimizador de la administración, con el que defiende sus propios intereses y con el que reduce la fuerza de todos los demás.Una nueva mirada sobre Lavapiés: del caos a la interculturalidadEl proceso por el cual la transformación espacial del barrio se dirige hacia cuatro direcciones centrífugas diferentes y sostiene, además, identidades incompatibles articuladas en relatos aparentemente irreconciliables, es un proceso que genera caos. El caos, por supuesto, puede entenderse como un obstáculo o como un arma política. Según Carlos Vidania, de la Red de Lavapiés, el barrio debe continuar siendo un "espacio en conflicto", pues ello es lo único que garantiza que ninguna de las tendencias sociales, políticas o urbanas que se ponen de manifiesto en el barrio llegue a estabilizarse y a imponerse a las demás, haciendo que la zona pase a tener una personalidad homogénea y única. Vidania se define a sí mismo y a sus compañeros y compañeras de la Red como "observadores de ese caos" [10].Aunque por un lado, los activistas preferirían que este caos se sostuviera durante el mayor tiempo posible, para evitar que alguna de las fuerzas centrífugas anteriormente descritas se imponga sobre las otras, lo cierto es que también temen que la batalla la ganen la rehabilitación y los novísimos. Cuando esa victoria sea palpable, la segunda generación de inmigrantes nacidos en el barrio se habrá mudado ya a zonas periféricasde Madrid, los mayores habrán muerto irremediablemente, y el crecimiento de la especulación habrá hecho que la "gente progre" haya vendido sus casas y comercios y el barrio haya sido ocupado por tiendas de ropa de marca y quién sabe si incluso por los magnates de la globalización como McDonald's. Será, según Fernando Reyna, otro miembro de la Red, la "cultura del espectáculo", precisamente lo que los activistas, tan influidos por la filosofía situacionista, viven para combatir. En pocas palabras, la posibilidad de que la visión oficialista de Lavapiés sea la que gane terreno y se imponga es amplia. Por ello, cuanto más dure ese caos, mejor.Observar el caos y mantenerlo activo como estrategia de supervivencia es una propuesta intrigante y sugestiva, pero limitada. El caos impide, como los propios activistas señalan, que una de las visiones de Lavapiés se imponga a las otras y termine engullendo a las demás. Sin embargo, ese caos no impide el crecimiento de las visiones más totalizadoras ni garantiza el poder de resistencia de las más vulnerables. Mientras que el simulacro de multiculturalidad de los novísimos es relativamente anodino, el poder que ejerce el estado a través de la rehabilitación y la gentrificación no lo es. Y mientras que la resistencia por parte de los activistas está relativamente organizada y tiene cierta garantía de supervivencia en el tiempo, la de los inmigrantes no lo es tanto. Es necesario, por tanto, que de ese mismo caos surjan nuevas posibilidades que neutralicen el poder del estado y que alimenten la resistencia ciudadana. Mi propuesta es que este caos es simplemente un capítulo más en el relato polífono del Lavapiés histórico, y que es de ese caos de donde puede emanar la conciencia de que el relato ha sido y es, por sobre todas las cosas, una historia intercultural. Dentro del caos, que hoy parece ser indisoluble e impenetrable, y cuya evolución no parece llevar sino a la victoria de las fuerzas más retrógradas o las comercialistas, existe una semilla, aún relativamente inerte pero con un potencial incalculable, que puede servir para impulsar al barrio hacia una nueva etapa en ese proceso intercultural.En los círculos académicos españoles, parece haber un acuerdo general en definir una sociedad multicultural como aquella en la que conviven diversos grupos étnicos, culturales y/o religiosos en un espacio común (convivencia que puede estar definida, simplemente, por la aparente ausencia de conflicto) aunque estos grupos no se relacionen, se influyan o se mezclen unos con otros, e incluso aunque exista cierto grado de segregación. Por otro lado, una sociedad intercultural sería aquella en la que existe una interacción entre diversos grupos étnicos y culturales, independientemente del carácter mayoritario o minoritario de cualquiera de ellos, y en la que todos esos grupos se sienten integrados a una sociedad común. Según Francisco Herrera, la interculturalidad es "un estadio de la convivencia entre personas basado en la reciprocidad, además del intercambio propiciado por el respeto, el dialogo, la conexión y la participación entre personas de diferentes procedencias culturales", lo que crea "un normalizado reconocimiento cultural" (53). Para Carlos Giménez, si la multiculturalidad consiste en la "diversidad cultural, lingüística [y] religiosa", la interculturalidad está basada en "relaciones interétnicas, interlingüísticas [e] interreligiosas", y si el multiculturalismo es el "reconocimiento de la diferencia", la interculturalidad es "la convivencia en la diversidad" (161).Forzados a definir su barrio, los habitantes de Lavapiés también parecen haber hecho suyas estas definiciones, pues la mayoría afirma que Lavapiés es obviamente "multicultural" o "multiétnico" pero dista mucho de ser "intercultural" y, mucho menos, "mestizo". Wilfredo Contreras, uno de los promotores de la Coordinadora de Inmigrantes, organización militante con importante presencia en el barrio, afirma que Lavapiés no puede ser aún "intercultural", porque la interculturalidad no es algo que pueda darse con las primeras generaciones de inmigrantes llegados al país, sino que será el resultado de un largo proceso multi-generacional para el que hace falta "una suma de voluntades".Sin embargo, parece oportuno que antes de poder definir y entender el fenómeno cultural que significa Lavapiés, posemos otra mirada sobre el concepto de interculturalidad y que la veamos, no ya como el resultado de un largo proceso, sino como el proceso mismo, independientemente de su resultado. Al fin y al cabo, como indica Fernando Reyna, cuando "la barrera de la identidad no sea notable" no se podrá hablar de "interculturalidad" sino de "mestizaje". La interculturalidad podría definirse, pues, como un espacio transitorio entre el multiculturalismo (co-existencia de culturas y etnias) y el mestizaje (mezcla de culturas y etnias). Más que de una "sociedad intercultural" deberíamos hablar entonces de un "proceso intercultural" o una "transformación intercultural". En una sociedad en la que conviven varias culturas o grupos étnicos (multicultural), comienza un proceso a través del cual esas culturas se influyen las unas a las otras (proceso intercultural), integrándose todas ellas dentro de un nuevo modelo, cuyo resultado podría ser una nueva sociedad "mestiza". Esta nueva "sociedad mestiza" lo será no sólo porque sus habitantes tengan diferentes orígenes étnicos sino porque haya hecho realmente suyas diferentes prácticas culturales y sociales, y haya permitido que la sociedad evolucione influida por todas ellas.Si continuamos definiendo la interculturalidad como el resultado de un proceso, la conclusión ineludible es que el barrio de Lavapiés no es intercultural – conclusión a partir de la cual los más optimistas afirmarán que llegará a serlo y los más pesimistas podrán augurar que no lo será nunca. Sin embargo, si entendemos la interculturalidad como el proceso mismo, no sólo deberíamos afirmar que Lavapiés es intercultural hoy día (en la nueva realidad que se empezó a forjar a finales del siglo XX y que continua a principios del XXI), sino también que, en realidad, ese proceso es lo único que el barrio ha conocido durante toda su historia. De hecho, el proceso intercultural es la esencia misma de Lavapiés y es lo único que ha marcado al barrio de verdad "toda la vida". La interculturalidad es, verdaderamente, la fuerza motriz que subyace bajo el relato del Lavapiés polífono.El proceso intercultural que ha llevado al barrio a ser un lugar habitado por judíos y árabes en la Edad Media, por una población internacional durante los años del Imperio español, por gentes de toda la península a partir del siglo XVII, y de todo el mundo a partir de finales del siglo XX, ha sido la única constante en la zona durante siglos, aunque en un momento determinado de la historia del barrio haya podido verse como "judío", "castizo" o, con más resignación hoy día, "internacional". También es cierto, sin embargo, que los procesos a través de los cuales el barrio se ha transformado y ha evolucionado han sido muy diferentes entre sí. Por un lado, la manera en la que Lavapiés dejó de ser un barrio judío en el siglo XV fue abrupta y basada en la lucha social y política (encubierta bajo la purificación religiosa), mientras que la manera en la que el barrio llegó a conocerse como "castizo" en el siglo XX fue el resultado de una verdadera integración de varias culturas regionales hasta fundirse y crear una nueva, dando como resultado lo que hoy se conoce como "mestizaje". Aún así, a pesar de estos diferentes modelos de transición, puede afirmarse que el proceso intercultural es la única tónica de este barrio.El modelo evolutivo que nos propone Lavapiés destruye, además, el propuesto por algunas definiciones de interculturalidad, según las cuales una sociedad monocultural evoluciona hacia la multiculturalidad y de ahí a la interculturalidad. En el caso de Lavapiés – y esto podría también extenderse a la ciudad de Madrid, al estado español en su totalidad, así como a otros países – la premisa de la que el modelo parte es falsa, pues no ha habido momento alguno de monoculturalidad, sino un proceso constante de interculturalidad que ha llevado a la sociedad a evolucionar siguiendo diferentes patrones de mestizaje. La tienda de textil sita en la calle Embajadores 31, analizada anteriormente, es un buen ejemplo de cómo en Lavapiés las diferentes etapas de ese proceso intercultural han quedado recogidas en el espacio urbano.El "caos", tanto espacial como identitario, en el que está sumergido Lavapiés hoy día es tan sólo una encrucijada en el proceso intercultural del barrio, encrucijada que no niega el proceso en sí, sino que simplemente lo hace más obvio. No debe verse, por lo tanto, como un caos nihilista, sino como un caos fecundo, [11] pues de él puede y debe nacer el impulso para seguir dando marcha al proceso. Que este impulso pueda darse o que el proceso se aborte depende de la organización de la resistencia. Los activistas ya han mantenido la suya brillantemente durante décadas, aunque con los altibajos comprensibles en un trabajo tan arduo y una lucha tan complicada. En esta nueva etapa del proceso, sin embargo, es necesario que la amplia comunidad de inmigrantes internacionales y sus activistas orgánicos también formen parte del tejido de la resistencia. Para ello, se hace ya ineludible una verdadera interacción y comunicación entre ellos y los activistas autóctonos de la Red de Lavapiés.La corta historia de las relaciones entre los activistas autóctonos de Lavapiés y las comunidades de inmigrantes en general – y los inmigrantes activistas en particular – es la de una trayectoria desigual, inestable e irresuelta. La relación comenzó de forma relativamente natural años atrás, con la creación misma de la Red de Lavapiés, entre cuyos promotores se encontraba la Asociación de Emigrantes Marroquíes en España (AEME). Posteriormente, los cuatro Labos y algunas casas okupadas contaron con la presencia de inmigrantes, en su mayoría marroquíes y latinoamericanos interesados también en el activismo político. Sin embargo, como señala Carlos Vidania, estos grupos "hacían política en el centro social, pero no política de centro social", por lo que los objetivos políticos nunca pudieron unificarse. Los Labos tuvieron también alguna oficina de información para inmigrantes, en las que se facilitaba información sobre derechos sociales o recursos, aunque se reconoce que los frutos fueron pocos. Una vez que asociaciones como AEME desaparecieron del barrio o abandonaron la Red, ésta siguió llevando a cabo algunos proyectos de intervención en la realidad social de la comunidad inmigrante, incluso la considerada más "dura" (indigentes, drogodependientes), y se involucró en luchas difíciles, como la de buscar una mejor convivencia en zonas conflictivas como la Plaza de Cabestreros. Sin embargo, a las convocatorias que los activistas lanzaron para organizar acciones concretas sólo respondieron algunas organizaciones, en su mayoría ONG autóctonas, lo que no facilitó que se llevara a cabo una acción global con los inmigrantes y sus representantes. La Red de Lavapiés también mantuvo la asociación Xenofilia, en la que participaron activistas autóctonos e inmigrantes con un proyecto no sólo asistencial sino también político, aunque tras su disolución ninguna otra organización similar ha tomado el relevo. El centro okupado de mujeres La Eskalera Karakola ha realizado también proyectos con mujeres inmigrantes – con objetivos intelectuales y político-reivindicativos más que asistencialistas – mientras que, a lo largo de su historia, La Biblio ha ofrecido clases de castellano para inmigrantes. A pesar de estos proyectos, la sensación generalizada es que falta mucho por hacer para conseguir una verdadera interacción entre los activistas de Lavapiés y las diversas comunidades de nuevos vecinos, y, más concretamente, los grupos activistas de origen inmigrante. Se reconoce que no se ha conseguido movilizar a la comunidad inmigrante, y que ésta no se involucran en la vida del barrio; se lamenta que la relación haya quedado sin cultivar, que queden muchos huecos por cubrir.El "flujo continuo" que caracteriza a la comunidad de inmigrantes es una de las razones por las que este encuentro no se hace particularmente fácil. Como apunta Carlos Vidania, "cuando estableces alguna relación con la comunidad, [ésta] cambia". Pero no es ése el único problema. Vidania también reconoce que los activistas de la Red "nunca [han] sabido hacer un diagnóstico sobre la vida que [los inmigrantes] quieren tener, [o sobre] qué proyecto de vida quieren". Vidania concluye que, en realidad, el problema es que el "modo de hacer política" de los activistas autóctonos y de los inmigrantes es muy diferente – prácticamente incompatible – por lo que para éstos últimos "es más fácil" relacionarse con las ONG asistencialistas, las asociaciones étnicas, o, como mucho, la Coordinadora de Inmigrantes.Sin embargo, ya ha existido una semilla importante de colaboración entre estas dos comunidades. Como respuesta al endurecimiento de la Ley de Extranjería por parte del gobierno del Partido Popular en el año 2001, un amplio abanico de organizaciones, que incluía la Coordinadora de Inmigrantes, sindicatos, partidos políticos, asociaciones barriales y sociales, y también la Red de Lavapiés, lideraron una movilización ciudadana, con una intensidad y entrega que no se han vuelto a repetir, y cuyo foco más importante fue una manifestación-protesta a la que asistieron más de 50,000 personas.Liderados por la Coordinadora de Inmigrantes, y con el apoyo de todas las demás entidades sociales que participaban en la protesta, cientos de inmigrantes "sin papeles", residentes regularizados y ciudadanos españoles [12] de varias comunidades autónomas (Madrid, Barcelona, Valencia, Murcia, entre ellas) se "encerraron" en diversas instituciones (colegios universitarios e iglesias, principalmente) para demandar la regularización del colectivo inmigrante – lo que en términos populares ha pasado a la conciencia colectiva a través de la consigna "Papeles para tod@s". Los encierros, que incluyeron además asambleas, reuniones, ruedas de prensa, y visitas externas a políticos llegaron a durar hasta cuatro meses, como fue el caso del que tuvo lugar en el pueblo madrileño de Getafe [13]. El resultado fue relativamente positivo, pues tras los acuerdos firmados en Barcelona se consiguió la regularización de aquellos inmigrantes que hubieran residido en España desde antes del 23 de enero de ese mismo año, fecha en que se había aprobado la Ley de Extranjería. Aunque las organizaciones madrileñas insistían en demandar la regularización de todos los inmigrantes sin distinción, finalmente no pudieron sino aceptar lo acordado en Barcelona.En lo que se refiere al uso del espacio urbano, los encierros de inmigrantes representaron una convergencia perfecta de intereses y estrategias entre las comunidades de activistas autóctonos, los activistas inmigrantes, y los inmigrantes en general, pues hasta cierto punto los encierros fueron okupaciones del espacio urbano con el objetivo socio-político de demandar un importante cambio en el statu legal de personas en situación jurídica irregular. Según Wilfredo Contreras, los encierros surgieron por la necesidad que los inmigrantes tenían de "hablar de sus problemas, como colectivo social, para ser protagonistas de sus decisiones [puesto que] son protagonistas de su desgracia". Se intentaba que la representación del colectivo de inmigrantes "sin papeles" que reclamaba sus derechos surgiera desde dentro del mismo grupo. Sin embargo, aunque el propósito de los encierros era el de hacer visible la lucha de los inmigrantes y darles a estos un lugar visible desde el que pronunciarse con su propia voz individual y colectiva, la participación de partidos políticos y sindicatos (según Fernando Reyna, a la búsqueda de su "tajada mediática") fue uno de los factores que hizo que en los encierros reinara la falta de entendimiento.Durante los encierros, los colectivos de inmigrantes más politizados y dirigidos por activistas inmigrantes experimentados entraron en conflicto con grupos sociales o políticos autóctonos, pues cada uno de ellos quería poner en práctica, según Carlos Vidania, una "concepción de la militancia" diferente. La organización de los encierros – siguiendo, tal vez, el estilo de la izquierda clásica – era jerárquica, algo que chocaba con el estilo de los activistas de Lavapiés, más acostumbrados a la democracia participativa y a la búsqueda del consenso. Estos últimos, además, consideran que los objetivos de los encierros no estaban claros, pues no se sabía quién pedía la regularización, si los autóctonos o los "sin papeles". Se estableció una "relación paternalista, aunque solidaria" entre ambos, al tiempo que, según Carlos Vidania, algunos inmigrantes militantes caían en la "hipermilitancia". Dado que ni los encierros ni otras actividades militantes similares han permitido a ninguna comunidad, según Vidania, "plegar [su] modo de vida político", ambas parecen destinadas a "participar" en la medida de lo posible en los proyectos de otros, pero no a "tener iniciativas conjuntas", puesto que es imposible que "grupos de política muy marcada" puedan colaborar con otros de características tan diferentes. Vidania lamenta que no existan los "canales de comunicación" necesarios para solventar esta dificultad. La Red de Lavapiés "está obsesionada por abrir esos canales", pero el momento adecuado no parece llegar nunca. El "cansancio y la falta de fe" en que se pueda llegar a encontrar estas vías de comunicación y un estilo de trabajo compartido hacen que no se cree ninguna alternativa al statu quo, y en el barrio convivan diferentes escuelas de militancia política sin comunicación entre ellas. No ha habido mucha "imaginación" ni "capacidad" para establecer "lazos continuos de colaboración". A lo único que pueden aspirar, se resigna Vidania, es a que ambas comunidades sean fuertes y trabajen paralelamente, "aunque sea con diferentes referentes".Sin embargo, que el "caos" de Lavapiés termine con la victoria de las visones más totalizadoras (aunque se pueda posponer esa victoria el mayor tiempo posible) o que sirva para impulsar al barrio hacia una nueva etapa de su proceso intercultural histórico depende, precisamente, de la existencia o la falta de estos "referentes" comunes. Si los "lazos continuos de colaboración" entre las dos comunidades de activistas (inmigrante y autóctona) no mejoran, ambas se quedarán solas en un barrio catapultado por la rehabilitación y el postmodernismo de los novísimos, practicando dos modalidades diferentes de activismo social y político en medio de un mirage de multiculturalidad y un espejismo de diversidad. La posibilidad de que el estado (a través del Ayuntamiento, su agente local) imponga la "modernización" y, con ella, la gentrificación de la zona, además de la posibilidad de que el proceso intercultural de Lavapiés quede atrofiado y reducido al exoticismo, es el más poderoso "referente" común para todos los activistas, tanto de origen autóctono como inmigrante, así como para los inmigrantes mismos.Una de las razones por las que no se han encontrado todavía esos "referentes" comunes es la relación de desigualdad que existe entre ambas comunidades, pues los inmigrantes y sus asociaciones u organizaciones políticas no son aún un movimiento social con el mismo nivel de organización y el mismo reconocimiento que el movimiento de activistas autóctonos, por lo que tampoco tienen el impacto social y político que necesitan para llegar a convertirse en una fuerza con agencia en el barrio. Como ha afirmado Mark Traugott, un movimiento social no lo es simplemente porque los interesados salgan a la calle, sino además porque a través de esa presencia en el espacio público se afirme "que no se acepta el orden existente; que no se acepta la normalidad de los cauces de reclamación social en los que se esfuman las víctimas de los agravios; que no se acepta la normalidad consistente en que sean otros los que dicen qué es lo que debe ser soportado, y qué es lo que debe ser exigido. Que no se acepta, en definitiva, el fin del protagonismo de la sociedad" (xii). Además, como ha indicado María Jesús Funes Rivas, un movimiento social es "creador (...) de cambio social en la medida en que sus denuncias reactivas (frente a injusticias, o retrocesos) y propuestas proactivas (impulsadas por intereses, valores o utopías) inciden finalmente, en mayor o menor medida, en el conjunto de la sociedad", para llegar a tener un "limitado pero importante poder agencial (…) como actores transformadores" (15). Así pues, sólo convirtiéndose en movimiento social podrá la comunidad inmigrante de Lavapiés organizar la acción social y política que necesita para superar – aunque no negar – el servicio asistencialista, y contrarrestar el poder que se ejerce desde otras instancias. La Coordinadora de Inmigrantes ha plantado la semilla de esa militancia política, y las marchas y encierros del año 2001 fueron el mejor fruto en los comienzos. Es ahora necesario retomar la esencia de esos esfuerzos para crear nuevas resistencias.En los diversos debates académicos sobre los movimientos sociales se manejan algunos conceptos que pueden ser útiles a la hora de reflexionar sobre Lavapiés. Uno de ellos es el concepto del "momento de locura", propuesto por Aristide Zolberg, quien lo define como un instante en el que "todo es posible", en el que "cae el muro entre lo instrumental y lo expresivo (...) la política rompe sus cadenas e invade la vida entera" y "los animales políticos transcienden de algún modo su destino" (183). Otro concepto útil es el de "repertorio", propuesto por Charles Tilly para definir el "conjunto completo de medios que tiene un grupo para efectuar demandas de distinto tipo ante diferentes individuos o grupos" (4). Tomando prestados ambos conceptos, podría decirse que los encierros y manifestaciones del año 2001 fueron un "momento de locura" del colectivo inmigrante de Madrid y los activistas inmigrantes que los representan, en los que se adoptó una estrategia (la okupación de un espacio con el objetivo de reclamar un cambio en el statu quo social) sacada de un "repertorio" compartido con los activistas autóctonos de Lavapiés. Como ha reflexionado Sidney Tarrow, "a menudo se pasa por alto una cuestión importante en relación con estos momentos: la de su vinculación con el desarrollo histórico del repertorio de contestación" (100). Es decir, lo conseguido durante los encierros no debe considerarse como un simple instante de iluminación en el que se consiguieron algunas cosas y se pusieron de manifiesto otras tantas limitaciones y contradicciones, sino que puede y debe servir como herramienta para construir y avanzar el "repertorio" mismo de actos disponibles para ambas comunidades de activistas.Con un "repertorio" en pleno funcionamiento, impulsado por el ocasional "momento de locura", el movimiento social inmigrante puede llegar a construir en el contexto específico de Lavapiés, al igual que lo han hecho sus compañeros autóctonos, lo que Manuel Castells ha llamado una "identidad de resistencia" (Power of Identity 8). Esta "identidad", generada por los actores sociales cuya posición o condición está devaluada o estigmatizada por la lógica de la dominación, se crea en respuesta a las acciones de la "identidad legitimizadora" de las instituciones dominantes, con las que éstas pretender extender y racionalizar su dominación. La "identidad de resistencia" es siempre una "identidad de proyecto" a través de la cual los actores sociales redefinen su posición en la sociedad para transformar las estructuras sociales (Ibidem). Para la comunidad inmigrante de Lavapiés esta es la única identidad, sin duda, que les puede proporcionar la necesaria agencia social y política.Así pues, la experiencia de la Red de Lavapiés como movimiento social es indispensable para que también las comunidades de inmigrantes puedan llegar a serlo. Sin embargo, también la Red puede aprender de la realidad social de la comunidad de inmigrantes e intentar evolucionar hacia un punto de encuentro con ella. A pesar de que hacer política de centro social no es, evidentemente, lo mismo que hacer política en un centro social, también es cierto que la intervención social y política en el barrio de Lavapiés necesita mucho más que una política de espacio. La pureza política e intelectual de la Red de Lavapiés es abrumadora y digna de admiración y elogio, pero la realidad del barrio es que hay un activismo más amplio al que atender, que aunque la política del espacio es importantísima y debe mantenerse, no es la única política posible y, mucho menos, la única necesaria. La Red busca, hasta cierto punto, una resistencia que es heterogénea en contenidos pero homogénea en un principio innegociable.Ni la transformación de la comunidad inmigrante en movimiento social, ni la incorporación de nuevas estrategias por parte de los activistas autóctonos garantiza, por supuesto, que se pueda hacer desaparecer la fuerza del estado. Como afirma Manuel Castells, tal empresa es imposible, pues el estado siempre sobrevive como "regulador" de las relaciones sociales y de las "contradicciones" que existen en un espacio urbano determinado (Movimientos 9). Es cierto que, mientras dure el caos, el papel regulador de las contradicciones del estado será más difícil, y – como afirma Vidania – ninguna de las opciones podrá imponerse. Sin embargo, también es necesario tener en cuenta que el estado no necesita imponer su poder aniquilando las otras fuerzas, sino que puede controlarlas, incluso permitirles cierto espacio de expresión y vías de desarrollo, manteniéndolas siempre bajo control y co-optándolas en el sistema, en todo lo cual los estados capitalistas contemporáneos tienen más de un siglo de experiencia. Se trata, pues, de contrarrestar la fuerza del estado, pero de hacerlo no ya manteniendo el caos de las diferentes fuerzas sino encontrando "referentes" comunes entre ellas a través de la unificación de la resistencia. De la fusión de todos los modelos de trabajo que existen en el barrio – las ONG asistencialistas, el movimiento militante de la Red de Lavapiés, las asociaciones de inmigrantes, y la Coordinadora de Inmigrantes – debe surgir un modelo compartido con estrategias comunes.Por supuesto, la fragilidad del statu jurídico de los inmigrantes – es decir, el no reconocimiento de su ciudadanía, ni siquiera de su residencia de facto en el país – es uno de los principales escollos para que los nuevos vecinos de Lavapiés puedan llegar a ser parte de un movimiento social organizado, pues ¿cómo pueden convertirse en una fuerza de oposición al poder del estado, cuando apenas tienen la mínima participación ciudadana?Para responder a esta pregunta, es necesaria una formulación nueva que entienda tanto la ciudadanía como la participación ciudadana de manera creativa, para que no podamos concluir de manera apresurada que la falta de ciudadanía (es decir, la no posesión de un documento de nacionalidad) tiene necesariamente como resultado la falta de participación ciudadana (es decir, el derecho a votar o a participar de lleno en el movimiento asociativo). Más bien, estos dos términos deberían comenzar a entenderse de manera mucho más flexible y, además, a relacionarse en dirección opuesta: intentando dilucidar cómo una verdadera participación ciudadana – entendida como mucho más que el derecho a votar o a asociarse – puede, de hecho, convertir a los sin papeles en verdaderos ciudadanos – con o sin documento de nacionalidad.La política de participación ciudadana puesta en marcha por el Ayuntamiento de Madrid parece estar enraizada en tres pilares básicos: primero, un discurso político vacío, anodino y desfasado según el cual "mediante cambios normativos y la puesta en marcha de nuevos métodos y estructuras de participación" se están poniendo en marcha "estructuras territoriales y sectoriales, a través de las cuales se canalizan iniciativas que se han plasmado en proyectos de participación, que tienen diferentes grados de incidencia en los procesos de planificación y toma de decisiones de los gestores públicos" (II Congreso); segundo, una práctica que proveniente de tal discurso no puede ser más que pueril, ejemplificada por la encuesta que se llevó a cabo en el Distrito Centro de Madrid a mediados del año 2004, y en la que se invitaba a los vecinos a responder a cinco preguntas sobre la zona, para así poder elegir los asuntos a los que el Ayuntamiento debía dar prioridad (por supuesto, el nivel de "participación" en tal encuesta, fue bajísimo); tercero, una confusión (seguramente premeditada) sobre el concepto de participación ciudadana que les permite aludir a ella como si fuera una categoría dentro del Voluntariado Social (o incluso como si fuera la noción misma de voluntariado), en un momento en que el llamado Tercer Sector [14] está en auge y se puede intentar co-optar en él toda expresión de radicalidad política y social, confinando al ciudadano a "participar" no ya en el gobierno de su comunidad, sino en la oferta de un servicio que debiera ser debidamente gestionado y financiado por el estado. Los activistas de la Red de Lavapiés – que, por supuesto, rechazan categóricamente la etiqueta de "voluntarios" y no pueden sentirse interpelados cuando el Ayuntamiento se dirige a ellos en esos términos – entienden la participación ciudadana de una manera radicalmente opuesta, implicando a la ciudadanía en la toma colectiva de decisiones, para ser tanto creadores del proceso como receptores del resultado. En Lavapiés, este concepto se pone de manifiesto en el proceso a través del cual cada comunidad expresa sus necesidades y, entre todas, buscan la manera de realizarlas, para luego pasar a ocupar (cuando okupar no sea necesario) espacios sociales auto-gestionados en los que poner en práctica sus objetivos culturales, sociales o políticos.Entre, por un lado, la concepción oficial – que confunde las necesidades del barrio de Lavapiés con los objetivos de sus Planes de Voluntariado en papel satinado y con preguntas minimalistas y anodinas en encuestas digitalizadas – y, por otro, la concepción radical de la Red de Lavapiés – que busca involucrar a todos los grupos sociales del barrio en un proceso colectivo de diagnóstico para diseñar un espacio auto-gestionado de acción social y política – queda lugar para la búsqueda de un concepto de participación que pueda incluir las voces, deseos, necesidades y objetivos de miles de vecinos de origen inmigrante. Por supuesto, la manera en la que actualmente esos vecinos canalizan esas voces y objetivos es, en primera instancia, a través de sus asociaciones étnicas, sociales o culturales, de gran presencia en el barrio, y, sin duda, de gran utilidad práctica. Fuera de ellas, su "participación" – si es que puede llamarse así – se reduce a asistir a actividades culturales organizadas por las autoridades locales, y aún así esta asistencia es más bien reducida.En el año 1999, un "momento de locura" – lamentablemente abortado por las autoridades, como casi siempre – pudo haber plantado la semilla de esa participación, en lo que podría haber sido un verdadero centro social comunitario para Lavapiés, auto-gestionado e intercultural. Ese año, y por iniciativa de la Red de Lavapiés, se presentó al Ayuntamiento la propuesta de un centro auto-gestionado en el barrio, en el que tendrían cabida todas las